Policromía

¡Por fin llegó! Salté del sillón y corrí a saludarlo. Papá entró con los papeles del baño, porque trabaja vendiendo esas cosas, y me abrazó fuerte como todos los días.

¡Pausa! —le dije, estirando los brazos para separarme de él. En ese momento no vio mis manos, ¡menos mal! porque si no se arruinaba todo.

—¡Tengo una sorpresa requete buenísima! Cerrá los ojos, cerralos bien, ¡no hagas trampa, eh! Cuando cuente hasta diez los podés abrir… —intenté hacer la voz de misterio que pone cuando me trae chocolates. En el ocho yo ya estaba preparado y con las manos abiertas para que él pudiera ver bien todos los colores.

—Nueve y … ¡diez!—mientras decía el diez pensaba en la cara que iba a poner cuando viera la sorpresa.

—¡Viste, pa! Dale, ¡animate, que podemos tocar juntos el arcoíris! —le dije.

Papá abrió grande los ojos. Su cara se transformó y no de alegría. Cuando miró mis manos ya no parecía él sino uno de esos monstruos de los cuentos que leemos con la seño, Gaby; pero en el jardín usamos el quitapenas para susurrarle al oído que le tenemos miedo a los monstruos y, entonces, se los lleva… ¡Cómo hubiera querido tenerlo en ese momento!

—¿Qué hiciste, Julián? ¡Los hombres no hacen estas cosas! —me gritó. Yo me asusté mucho, bajé las manos y me quedé mirándolo; pero no me animé a preguntarle por qué estaba tan enojado conmigo, y qué cosas son las que los hombres no tenían que hacer. Cuando hago lío en casa a veces me dice —¡Tipo grande, eh! —y se ríe. Pero no dijo eso, y tampoco se rió. No pude abrir la boca y me puse a llorar, yo también tenía ganas de gritarle a papá que no soy un hombre, que soy chiquito. Pero no fui valiente, no pude.

Primero pensé que por ahí le había molestado que “no le diera respiro” —eso dicen los grandes cuando querés jugar con ellos y nunca tienen ganas porque viven todo el tiempo cansados— después, creí que, por ahí, era que casi no le di tiempo a ordenar las cosas del trabajo. Pero no, enseguida me di cuenta de que lo que no le había gustado era otra cosa.

—¡Ya! Le decís a tu hermana que te saque eso de las manos —seguía gritando enfurecido.

A falta de quitapenas que se lleve los monstruos espantarcoíris, me quedé quieto, pensando que el algodón eran las nubes que se hacían gorditas para nublar el cielo, como esos días fríos de invierno; y las lágrimas, que se mezclaban con el olor feo de esa agüita que me iba borrando los colores de las uñas, era una lluvia de esas “jodidas” —como dice mamá cuando algo le molesta mucho— que no me deja ir a la plaza, a jugar.

Mamá no paraba de gritar y mi hermana me hablaba de cualquier cosa para que dejara de llorar. Yo quería hacerle muchas preguntas a papá, pero me las guardé. 

¡Menos mal que llegué a levantar todo antes de que se largue a llover! Me pone de la cabeza que para ganarte un mango tengas que estar dependiendo del tiempo, pero bueno, es lo que hay.

Llegué a casa reventado y muerto de frío de estar a la intemperie. Acomodé los productos así nomás y entré. Juli estaba desparramado en el sillón mirando los dibujitos y saltó a saludarme con un beso y un abrazo. Tenía una sonrisa de esas que te sacan el desgano diario y le dan sentido a lo que hasta hace cinco minutos te parecía una cagada.

Me quiso dar una sorpresa y me puse como loco cuando vi que se había pintado las uñas. La verdad, me sentí muy hijo de puta por cómo le grité, pero hay cosas que no voy a entender nunca. No me cabe que un tipo se pinte, eso es de putos. Soy muy abierto de cabeza, pero ¡tampoco la pavada! No soy homofóbico, juro que no lo soy. No me molestan los homosexuales, te pueden gustar los tipos, ahora, ¿hay necesidad de vestirse y actuar como una mina? ¡No, eso conmigo no!

Cuando me pasan estas cosas es inevitable pensar en mi viejo. Siempre sentí por él un amor muy fuerte. Raro, porque desde muy chico me acostumbré a que no viviera en casa con nosotros. Hace diez años que murió y todavía no puedo superar que ya no esté. Creo que por eso trato de parecerme a él, tal vez, con la fantasía de que, Juli esté tan orgulloso de mí y me quiera tanto como yo al viejo. Él me enseñó a ser hombre.

Verónica se puso histérica y me puteo de arriba a abajo. No sé cuántas cosas me dijo porque en un momento dejé de escucharla. Cuando se pone así no la soporto. Empieza con sus discursos idealistas y ahí me caliento y la mando a cagar. ¡Que se deje de joder! Las cosas no son como a ella le gustaría y tiene que aceptarlo. Me molesta que me corra con “qué harías si Azul fuera lesbiana o Julián gay”. Sé que puede pasar, pero no me lo imagino. Es más que obvio que tendría que comerme el sapo…no los dejaría de amar por eso, pero ¡me muero!

¿Qué mierda te pasa? ¡Sos un pelotudo! ¿Cómo vas a hacerle esto a la criatura? Estuvo toda la tarde esperando que vinieras para mostrarte como se había pintado las uñas ¿Qué carajo tenés en la cabeza? ¿Sabés qué? ¿Querés que te diga lo que te pasa? ¡Sos un reprimido! ¡Eso sos! ¡Un homofóbico de mierda! No sé cómo puedo estar al lado tuyo. Sos tan básico que pensás que porque se pinta las uñas puede ser gay, como si serlo fuera algo malo ¡No soy ninguna loca y no dejo de gritar un carajo!

¡La puta madre, German! Cuando te veo así me dan ganas de matarte. Si vos no sos ese facho, homofóbico y patriarcal que acaba de derrumbarle el mundo, de una piña al corazón, a un nene de 5 años y al que yo, en un arranque de ira, tuve ganas de cagar a trompadas por lo que acababa de hacer.  Vos no sos eso ¡mierda!

Vos sos el tipo que se quedó sin laburo y pasó de un buen sueldo fijo a fin de mes, a buscar el mango diario vendiendo artículos de limpieza en una plaza de Avellaneda. El que llega a casa quebrado porque su compañera mantera le contó que no sabía qué le iba a dar de comer a la noche a sus pibes, porque solo tenía cien pesos, y le diste parte de lo que habías vendido para ayudarla.  Sos el que cocina porque a mí no me gusta cocinar, el que me espera cuando llego tarde con la casa ordenada, el que les enseña a los chicos que hay que ponerse en el lugar del otro antes de juzgar, el que se indigna con los que denigran a las pibas que cobran un plan¿Me explicás, entonces, por qué esto?  Te pido disculpas si te grité con toda mi furia, pero te juro que no lo puedo creer ¿Por qué te ponés así con estas cosas? Te cegás y no entendés que los colores no tienen sexo, que tu hija hable en lenguaje inclusivo, sea feminista y ahora, que tu hijo se quiera pintar la uñas. ¿Qué hay de malo en todo eso? Explícame, por favor. No claro, no sabés o no podés o no querés ver. O bueno, por ahí soy yo, que me puede la ansiedad y quiero que modifiqués, de un día para otro, siglos de cultura autoritaria, homofóbica y patriarcal.

Y no soy perfecta ni idealista. Soy un caos caminando, pero en ese caos no voy destruyendo a los demás. Cuando tenés estas actitudes me paralizo, no sé qué hacer o cómo hacerte reaccionar.  Necesito que me digas que te das cuenta de lo que digo, que lo vas a pensar, que lo vas a intentar. Dejame creer que tenemos futuro: necesito que puedas jugar con Julian a pintarse las uñas.        

Me encerré en mi habitación con el celu, para poder descargarme y hablar con mis amigues, elles me entienden, ven las cosas de otra manera…

Apagué el celular y me largué a llorar. Lo que pasó con el hermanito de Azu, una vez más, me recuerda por qué creo que este mundo es una mierda ¿Tan difícil es que la gente entienda? A veces quisiera morirme, pienso que sería todo más fácil para mí. Ya no me importa que mi vieja no me quiera, es un caso para el olvido, le chupa todo un huevo. Lo único que la preocupa es si el tipo con el que anda va a dejar o no a su mujer por ella ¡Qué pelotuda! Pero sí me da mucha bronca el resto de la gente ¡Qué les importa la vida de une! ¿Por qué puta razón se creen mejores y superiores? ¿Por qué no pueden respetarnos? Nosotres no nos metemos con su vida del orto, no nos importa cómo se les canta el culo vestirse o qué mierda les gusta cojerse. Cuando les escucho criticarnos me gustaría que fueran cucarachas para poder aplastarlos sin culpa.  Si no fuera por Loan y les chiques creo que ya me habría matado.

No quiero ser injuste, no todo el mundo es así, pero son les menos. La tía Nati, por ejemplo. ¡Es lo más! Nos re bancó en el peor momento. Nos ayudó a cortarnos el pelo y no le molesta que nos besemos con Loan frente a ella. Nunca nos dijo que éramos chiques ni que lo nuestre era “una moda”. Es muy tierna cuando intenta hablar en lenguaje inclusivo, a veces le pifia, se da cuenta y lo corrige “Tenganme paciencia, chiques”, nos dice y sonríe. Ella sí puede entender la importancia de una e. Cuando estamos medio bajón, sabe que es por algo que nos pasó en la calle o en el colegio.

—Terminen la secu y se van a estudiar a Buenos Aires, ahí nadie les va a molestar —nos dice para consolarnos. Nosotres la miramos con amor. Seguramente en Buenos Aires nos pase lo mismo, pero no le decimos nada. La tía Nati es todo lo que está bien en la vida.

Azul entró a casa eufórica y con lágrimas en los ojos.

—¡Ma, Luka dejó de cortarse! —me dijo. 

No entendía demasiado lo que estaba pasando, solo lo suficiente como para saber que esas lágrimas eran de alegría. No hacían falta palabras ni preguntas en ese momento. La abracé fuerte y pude sentir su alivio.

Sí, ma, creo que lo superó. Me escribió por privado para contarme que hoy se cumplen tres meses que ya no se corta.

La historia de Ayra, que ahora es Luka, fue la primera que conocí de cerca sobre una persona que no sentía ser lo que culturalmente se le imponía de acuerdo a su genitalidad. Sabía todo lo que sufría por los relatos de Azul: la angustia, la impotencia, la incomprensión familiar y social a la que estaba sometide. Eran amigues virtuales hacía ya dos años y más de una vez, Azu, llorando, me contaba que la única forma de descargo que Luka tenía era cortarse, sangrar era su único desahogo.

Es por Loan, elle es como Luka. Se conocieron hace seis meses y ahora están juntes hace tres ¡Le cambio la vida, ma!— me contó Azul con una profunda alegría.

La historia de Loan no la conocía, pero me bastaba con saber que estaban juntes y que se hacían tanto bien. No pude evitar pensar en todes les Luka que esta sociedad desangra a diario, pero preferí quedarme por un instante con la imagen de todes les Loanka, “shipeo de Loan y Luka”, como dicen les chiques.

Hoy conseguí la hormiga que me faltaba. ¡Sí! Ahora tengo las diez. Esta la cazó Martina, la encontró caminando por el palo de la hamaca y ¡zacate! La mató para mí. Ya me la guardé en el bolsillo del pantalón.

—Dale Juli, vamos que ya es tarde y te tenés que bañar.

—¡Un ratito más, porfi!— Papá me corta siempre los juegos en lo mejor. Bueno, por lo menos hice dos goles… no me quiero ir de la plaza todavía, pero se pone hincha y yo, hoy, tengo un requete plan en casa.

—Pa, ¿me hacés la leche?

—Sí, Juli, te la dejo en la mesa y me voy a bañar, no vuelques por favor.

—Pa, antes de irte al baño ¿me das la cinta?

—¿La cinta? ¿Para qué querés la cinta?

—¿Para pegar unas hormigas?

—¿Pegar hormigas?…

—Sí, ¡están muertas, pa!

—Pero Juli, no necesitas las hormigas, el dibujo que les pidió la seño es para pintar no para pegar hormigas.

— ¡No es para el dibujo del jardín, pa!

—Ay, por favor, ¿qué querés hacer ahora?… está en la caja azul, fíjate que al lado de la caja hay hojas blancas para dibujar.

—No, solo la cinta, pa.

—Julian, si hacés enchastre como el otro día ¡me voy a enojar mucho, eh! Y ojo con gastarla toda, que sale cara, usá poquito, por favor…

—¡Si, si!  Bañate tranquilo, pa… Este no entiende nada: los hombres no pueden pintarse las uñas, pero si pueden pintarse las hormigas, ¿no?

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